En todo este viaje, no he dado detalles del paisaje en el que hemos viajado. Cuando partimos, el sol comenzaba a salir, y las nubes cedían a la luz solar para iluminar las calles que de temprano mostraban movimiento. Al parecer, había gente que se despierta más temprano que nosotros, pero a la hora que salimos del colegio ya era de esperar eso.
Mientras avanzábamos, el paisaje urbano cedía a uno rural, haciéndose cada vez más presente las fábricas de alimentos o distribuidores de autos con un fondo verde y un sol que brillaba en la cima de la cordillera. La carretera se notaba cada vez más transitada y con gran presencia de buses provinciales, entre los cuales estaban los nuestros que marcaban una gran diferencia.
Cuando pasamos Freire, se hizo presente aún más el paisaje rural. Se podía ver a las personas trabajando y alimentando a los animales, y más adelante, pude ver las zonas afectadas por las inundaciones causadas por la lluvia, en donde las casa debían ser protegidas por sacos o ser movidas a un área más alta. Algo sumamente increíble y lamentable.
Creo que volveré a escribir después de haber pasado por Queule.

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