sábado, 5 de septiembre de 2009

Nuestro desayuno, nuestro alrededor

Ya nos acercábamos a Queule y el hambre dominaba entre mis compañeros, hasta que uno de nosotros propuso que nos preparáramos los sándwiches, obviamente, todos estuvieron de acuerdo y comenzamos a sacar los ingredientes, que eran jamón, queso, ocho panes y bebida, pero yo llevé jugo, el cual no me serví. Yo había llevado alcohol gel por si acaso, y esta fue la ocasión para usarlo, porque parece que no se habían lavado las manos, pero cada uno sacó sus ingredientes, así nos evitamos problemas higiénicos.

En todo este viaje, no he dado detalles del paisaje en el que hemos viajado. Cuando partimos, el sol comenzaba a salir, y las nubes cedían a la luz solar para iluminar las calles que de temprano mostraban movimiento. Al parecer, había gente que se despierta más temprano que nosotros, pero a la hora que salimos del colegio ya era de esperar eso.

Mientras avanzábamos, el paisaje urbano cedía a uno rural, haciéndose cada vez más presente las fábricas de alimentos o distribuidores de autos con un fondo verde y un sol que brillaba en la cima de la cordillera. La carretera se notaba cada vez más transitada y con gran presencia de buses provinciales, entre los cuales estaban los nuestros que marcaban una gran diferencia.

Cuando pasamos Freire, se hizo presente aún más el paisaje rural. Se podía ver a las personas trabajando y alimentando a los animales, y más adelante, pude ver las zonas afectadas por las inundaciones causadas por la lluvia, en donde las casa debían ser protegidas por sacos o ser movidas a un área más alta. Algo sumamente increíble y lamentable.

    

Creo que volveré a escribir después de haber pasado por Queule.

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